Menú Principal:
El Municipio > Historia
EL SIGLO XVIII
El conocimiento de lo que era nuestro pueblo en el siglo XVIII se lo debemos al censo realizado con objeto de instaurar en Castilla la “única contribución”, (lo que más tarde se conocería por Catastro de Ensenada (año 1753), y al interrogatorio ordenado por el Consejo Real para fundar la Real Audiencia de Extremadura en 1791.
La única contribución tiene su origen en el tributo de Felipe V impuso a Cataluña al finalizar la guerra de Sucesión en 1715. Su éxito impulsó a los políticos ilustrados del siglo XVIII a implantarlo en Castilla con el ya referido de “única contribución” al objeto de englobar los impuestos indirectos.
El censo de Cilleros está recogido en cinco libros manuscritos que se conservan en el Ayuntamiento. Según ellos, sabemos que el día 19 de junio de 1753 se encontraba en la villa el licenciado D. Antonio Bernardino Galavís, abogado de los Reales Consejos y Regidor perpetuo de Alcántara para establecer dicha única contribución. Era entonces alcalde D. Martín Vázquez Asensio. Por sus respuestas y las de los regidores, cura párroco y personas “de primera opinión e inteligencia en el número y calidad de las tierras del término, sus frutos y cultura” llamados como peritos, se puede saber, entre otras cosas lo siguiente:
Las tierras destinadas a la siembra necesitaban desde nueve años de descanso, menos las Arenas, que se sembraban con un año de intervalo, y los huertos cercados, que se hacían anualmente.
El término comprendía 18.878 fanegas: 17.090 de labor y pastos; 500 de la dehesa de Malpartida (ramo de la Encomienda de Eljas); 320 de viñas; 936 de olivares; 16 de huertas; 13 de huertos cercados y 3 de higuerales.
Los precios de los productos, unos años con otros, eran: la fanega de trigo 20 reales; la de centeno 12; la arroba de aceite 20; la arroba de vino 6 y la de miel 20 reales.
En el término había un molino de harina, siete lagares de aceite, siete de vino, una tenería en la Pica, dos lagares de cera, dos hornos de tejas y ladrillos y otros tres de ollas.
Cilleros tenía entonces 1447 habitantes, de los cuales 728 eran hombres y 719 mujeres, con una media de hijos por familia que no llegaba a tres.
Había 439 casas: 226 de tres pisos, 170 de dos y 43 de uno.
Los propios del Ayuntamiento eran:
En el pueblo había un mesón y un mercado todos los viernes de la semana, al que acudían paños de Torrejoncillo, bayetas de Casarejada y algunos géneros, comestibles y calzados de Garrovillas. Sin embargo, no había ferias.
Había una casa-hospital de la Cofradía de la Misericordia para recoger pobres, huérfanos y mendigos. Se sostenía con una renta anual de 21 reales.
El seglar que más bienes tenía en el pueblo, o al menos el que más productos obtenía, era D. Lorenzo Vázquez Rojo, que poseía:
De entre los presbíteros y eclesiásticos, el que más tenía era el clérigo de órdenes menores D. Carlos Isidro Girón, al que le cupo el honor de ser inscrito en el “Libro del Mayor Hacendado de la Provincia de Extremadura”, realizado por Josephe de Pinedo en 1755, cuyos beneficios ascendían a 26.521,15 reales de vellón, mientras que D. Lorenzo Vázquez sólo obtenía 5.407 reales.
Del interrogatorio ordenado para la visita de Extremadura, (realizado en 1791), deducimos entre otras cosas que:
La producción aproximada (calculada en un quinquenio) era:
De los productos relacionados anteriormente, sólo sobraba aceite y vino. El primero de superior calidad, se vendía en Castilla a 44 reales, y el segundo a 10 en los pueblos cercanos.
Las pocas huertas que había sólo producían las hortalizas suficientes para abastecer al pueblo.
El riego se hacía con “agua de pozos”, con una máquina “muy sencilla llamada dangaburra”.
Había bastante proporción de monte impenetrable al ganado, que era abrigo de fieras. Pero dada la extensión de su territorio y la distancia al pueblo imposibilitaban su desmonte, que sólo se conseguiría con un considerable aumento del vecindario.
De rozarse y quemarse esos montes hubiese resultado un perjuicio visible, porque “de soltarse las lumbres” quemarían muchas colmenas y árboles útiles. Aunque a veces eso era lo que hacían los cabreros o los carboneros de brezo. Pero como eran tan dilatados tales terrenos, y poco transitados, y había mucha “clase de gentes”, que tenían motivo o pretexto de vivir en el campo, se hacían inaveriguable quién o quienes eran los autores de los incendios.
De todo género de caza era abundante en el término, por lo que, lejos de ser útil la veda, era muy perjudicial para la sementera por cuanto miraba a su conservación y aumento, más no por eso se dejaba de perseguir a los infractores.
Solía salirse también a la caza de fieras, aunque con poca utilidad y “mucho perjuicio al fondo de propios, por ser casi imposible extinguirlas en las cacerías”. Lo que se podía subsanar, aconsejaban, encargando tales cazas a especialistas.
Sub-Menú: